MEDITACIÓN DE LA DIOSA



Meditación de la Diosa



Introducción

Si estás haciendo esta meditación es porque estás preparada, para encarnar en ti a la divina presencia de la diosa, de ese aspecto de tu Ser que siempre formó parte de ti, pero que durante la andadura perdió o debilitó la conexión profunda con todos sus canales. Hoy es el preciso instante en el espacio y tiempo en el que habitas, para realizar la primera inspiración con sus pulmones, para dar tus primeros pasos con todos sus dones, para abrazar aquello que amas con toda el alma y nunca más dudar de tu divinidad, pues si estás aquí, preparada para recibir a la Diosa en ti, es que no hay más tiempo que esperar.
Respira profundo, abre tu corazón, siente sano tu útero creador y vive desde esta conciencia que siempre te aguardó, de este modo cuando nos unamos todas, nos reconoceremos, nos daremos las manos y formando un círculo de fuego, la tierra y el cielo serán idénticos.

Bienvenida al Gran Templo, feliz viaje…

(pausa)

Comenzamos…

Nos colocamos en nuestro espacio sagrado. Cerramos los ojos. Relajamos el cuerpo, comenzando por las extremidades, tronco y cabeza. Nos alineamos con nuestro Ser y con nuestros Guías, visualizando como nos acompañan
en este precioso y mágico viaje. Un increíble y poderoso haz de luz aparece proyectado desde lo más elevado de nuestro Ser y se instala asimismo en nuestro corazón. Es la voluntad de nuestro Ser Superior.
Continuamos conectados al ritmo de nuestra respiración. Ponemos toda la intención en relajar todos los músculos del cuerpo. Y entrar en un estado de total relajación.
Seguimos respirando, concentrados y en silencio, para alcanzar un estado de meditación profunda….

(pausa)

Está amaneciendo, la mañana se presiente acogedora, nos decidimos a hacer un largo paseo. Nos adentramos por un camino de tierra, vigilado por elevadas acacias. Los árboles a ambos lados del camino, parecen saludarnos, sentimos la voz silenciosa de sus palabras, advirtiendo que somos capaces de comunicarnos con ellos, sin siquiera pronunciar nada. El camino se estrecha e incluso parece difuminarse, como si no existiera rumbo, pues la vegetación ha comenzado a invadir el trayecto. A partir de este punto es necesario dejarnos guiar por los impulsos de nuestro corazón. Dejar que sea la intuición quien nos conduzca a no sabemos dónde. Así lo hacemos. Tocamos los troncos de los árboles y nos permitimos sentirnos atraídas por ellos. Así de árbol en árbol, vamos avanzando y conforme penetramos en el bosque, percibimos como todos nuestros sentidos se expanden.
Encontramos un regio Sicomoro, nos ofrece su amplia sombra, sentimos una gran alegría al verlo, lo recordamos, el Sicomoro siempre nos ofreció refugio para restablecernos de los días más duros.
Sentadas contra su tronco, nos dejamos invadir por su energía, firme, precisa, auténtica, de las que te hechiza. Así, arropadas por su copa podemos sentir, escuchar, oír la dimensionalidad de este paraje. Nos dejamos envolver por la energía que emerge por doquier. Nos sentimos amadas por la naturaleza. Nos sentimos más vivas que nunca.
Bajo la sombra del Sicomoro nos quedamos sintiendo…

(pausa)

De repente, sentimos una melodía arcaica. Parece música de otros tiempos, música antigua, tan antigua que no podemos reconocer el instrumento del que emana. Nuestro corazón se siente atraído por esas hermosas notas y sin poder detenerlo, nos seguimos adentrando, buscando el origen de la melodía. Cada paso que damos en la dirección acertada, sentimos la música más y más cercana, hasta que advertimos a unas antiguas mujeres tocando el arpa. Quedamos embelesadas. La melodía es tan arcana que nos inspira algo de melancolía. Observamos cómo se suman al acto otras mujeres de diferentes edades y tiempos, mientras unas tocan instrumentos, otras bailan y otras tantas, cantan. Es admirable la capacidad de todas para crear una escena de increíble belleza.
Sin necesidad de nada más, cada una ocupa su lugar y expresa su forma de amar. La realidad que crean es tan singular que sentimos una gran atracción por integrarnos en el grupo como una más y así lo hacemos. Nos dejamos llevar por la armonía que la música imprime a nuestro cuerpo y sin resistencias, expresamos todo lo que llevamos dentro.
Sentimos la libertad y el goce que la armonía deja grabada en nuestras células.

Sentimos…

(pausa)

Unos tambores lejanos provocan que continuemos investigando, así descubrimos un círculos de mujeres golpeando la piel al ritmo de la propia tierra. Escuchamos la profundidad que imprimen con su tesón, con la fuerza que canalizan hacia el mismo corazón. Algunas de ellas danzan golpeando sus pies contra el suelo, mientras gritan, recordando el dolor y las heridas de todas las mujeres muertas y vivas, que en este planeta habitan, sin olvidar a ninguna de ellas, jamás.
Nos añadimos al grupo y sin dudarlo gritamos juntas, lloramos juntas, crecemos juntas, nos colaboramos, nos apoyamos, nos reímos cuando alguna de nosotras recupera la alegría y grita que vuelve a estar viva.
Los tambores entonces se aceleran, arde fuego ancestral en una hoguera, se lanzan aromas, se respira el poder de las abuelas, se sanan las heridas, se narran historias de pura vida, mientras los tambores no cesan y las lágrimas de dolor riegan las profundidades de nuestra madre tierra.

(pausa)

De repente comienzan a llegar más mujeres, jóvenes, mayores, niñas, adolescentes. Unas tenemos alma de guerreras, otras de madres, otras tantas se presienten artesanas, otras muchas escribanas, las hay también muy magas y por supuesto aparecen muchas brujas y chamanas. Sea cuál sea nuestra naturaleza, todas nos sentimos de la misma familia.
Creamos un círculo femenino, tan rico y diverso como rica es nuestra experiencia.
Así con la fuerza y el poder de nuestro útero, recitamos al unísono este reconocimiento:

Para las grandes mujeres de todos los tiempos y edades,
para las que supieron elegir y vivir de acuerdo a los pasos
de su corazón y también para las que aún hoy no.
A todas ellas, fuéramos niñas princesas, magas, maestras o guerreras,
jóvenes sensatas, locas, drogadas o sanas,
a todas las solteras, viudas, divorciadas o en pareja,
a las más fervorosas amantes, amadas o abandonadas,
y a las que por dinero se abren de piernas.
A todas las madres, las que paren y las que no lo hacen,
A las mujeres de su casa y de su
familia, sea una familia ejemplar
como dictan los cánones, o una familia monoparental,
homosexual o como a ellos les dé la gana crear un hogar.
A todas las mujeres trabajadoras, dentro y fuera del hogar,
a las más emprendedoras, artesanas y creadoras
y a las que trabajan para los demás.
A todas las mujeres que humillaron,
vilipendiaron e incluso a las que ya no están,
por que se suicidaron o las asesinó el poder patriarcal.
A todas las mujeres ricas, poderosas, dependientes, independientes,
altivas y jocosas, operadas o libres de opiniones de otras miradas,
a las que con velos o burkas se tapan,
a las que se visten para la danza, para el deporte, para el éxito o para la fama.
Y como no, para todas las flamantes abuelas,
a las que les aprietan las canas y a las que con sus canas se hacen un jersey de lana,
a todas las viejas ancianas que se han bregado una vida de guerras,
en definitiva a todas las mujeres que ocupamos,
vivimos y resistimos, en cada rincón de este planeta
y por más que pasen los años, podemos mirar a los ojos
para sonreír y olvidarnos de todo,
porque nosotras lo que mejor sabemos hacer es AMAR.


(pausa)

Tras este profundo reconocimiento de quiénes somos y de nuestro poder de sanación, comenzamos a desnudarnos, mientras continua sonando la música, nos deshacemos de todo lo que llevamos, y con el cuerpo totalmente desnudo, sentimos el templo en el que habitamos. Respiramos profundamente, abriendo nuestra alma a todo lo que existe, sabiéndonos mujeres sanas y libres para recibir a la Diosa.
Una a una nos colocamos en el interior del círculo, mientras dejamos que la Diosa hable con nuestra voz, respire con nuestra alma y viva en nuestro corazón.

Yo, divina presencia
misterio y esencia,
del hermoso útero que engendra,
pura vida y conciencia.
Yo, divina,
viva o muerta,
amante y anhelante,
de espacios vacíos
de almas gestantes de vida.
He aquí mi presencia,
mi gozo y toda mi ciencia,
para que vosotras
quienes ardientes de alma,
encontrasteis la divina piedra,
la que yo escribí,
con mis propias manos,
con mis amorosos pasos,
con todo lo que fui.
Yo, divina presencia,
os entrego todo lo que viví,
esta es mi historia,
pues es también la vuestra,
es del todo nuestra,
es lo único, que se halla en la cueva,
en ese espacio negro,
que al ser llenado de luz,
la vida emerge,
y nace el divino corazón.
Yo, divina presencia
misterio y esencia,
os cubro con el manto
de mi divina conciencia.

(pausa)

Ahora somos conscientes de que la Diosa ha encarnado en nosotras, mientras ella es Cielo y nuestra alma es Tierra, unidas regresamos a nuestra esencia, sin más dudas ni condenas, sin más heridas ni cadenas, libres como la vida nos exige. Sanas con el amor de todas nuestras hermanas. Poderosas como lo es la misma Diosa.
Invadidas por la hermosa energía de la conciencia divina, regresamos, mientras observamos cómo se agota el día y comienza a anochecer.

Al alcanzar el regio Sicomoro, nos podemos evitar abrazarlo con sumo agradecimiento. Hablamos alma con alma, deseamos que el Gran Árbol sienta nuestra sanación y nuestra libertad. Sentimos alegría, sentimos ganas de ser creativas, sentimos a nuestro útero palpitar de vida. Sentimos que no existe nada que pueda restar nuestro Verdadero Poder, así empoderadas salimos al camino, dando pasos firmes, de mujer humana como la que más y divina hasta la eternidad.

(pequeña pausa)

Poco a poco, sentimos como regresamos. Respirando profundamente la vivencia que acabamos de protagonizar.
Sentimos las extremidades, el tronco y la cabeza, y conectadas con la Tierra… lentamente podemos ir abriendo los ojos…

 TEMPLE INANNA
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